Tomamos el camino al borde del río. El Cataniapo. Esta lleno. Es invierno. En esta época llueve como si millones de chorros de agua se abrieran al mismo tiempo. Caminamos solas, sin hablar. Ya todas las mujeres se han dispersado. Cada una un camino diferente y distante. Mientras, nuestra vista se inunda de verde. De verde selva y de agua del Cataniapo. Color esmeralda. El suelo lleno de raices sobresalen negras, rojas y marrones. Se oyen tenues sonidos, pequeños remolinos de agua, pájaros y nuestras pisadas. Pasos pequeños, constantes. Nos alejamos del río y nos adentramos subiendo por una colina. Subimos y vemos a los árboles achicarse. Bajamos nuevamente y volvemos a los pies de los árboles. Pasamos pequeños caños haciendo equilibrio en delgados troncos. Y seguimos. Pasamos sobre un gran árbol caído que permite pasar un caño profundo. Su superficie es mohosa, húmeda. Hay que pasar descalzas. Es la única forma de sentir. Se respira. Se respira tanto y tan suave. Tan fresco. Estamos solas.
sábado 4 de agosto de 2007
Solas
Sonia se levanta en la mañana a las seis o, si llueve, más tarde. Va al caño con sus tres hijos pequeños. Vuelve y se prepara. Busca su machete, el paj paj (catumare, una cesta para cargar) y la cinta para cargar al bebe. Dentro de una bolsa de plástico coloca varios puños de mañoco y pedazos de casabe. Salimos y comenzamos a andar. Va descalza así como los niños. Ya son las 6:30. Caminamos sin hablar. Los niños medio dormidos caminan soñolientos. Atravesamos la comunidad y tomamos un angosto camino al borde de la cancha de futbol que conduce a la selva. Nos encontramos varias mujeres. Se rien, hablan sobre la cosecha de yuca amarga y de algunos dolores de espalda, del sitio maravilloso donde abundan los bachacos.
Sobre la nueva rayadora electrica que se compró Anita cha'jú (la mamá de Anita) que solo utiliza en la comunidad en la churuata detras de su casa cuando prenden la planta eléctrica. Sobre la diarrea interminable del nieto de Eugenia. Seguimos caminando con nuestros catumares medio vacios, livianos. Algunas mujeres, siempre con niños, se adelantan. Nos encontramos a Rebeca. Sonriente y fuerte. Frente a su isode (casa) hay unas plantas de frutillas rojas que inmediatemente los chicos comienzan a comer. Y nos quedamos un rato todas comiendo frutitas. Ya son las 7:00. Solo yo se la hora. Nadie utiliza reloj. Nadie esta apurado. Solas estamos. Reanudamos el camino. Con cada paso se acaba la sabana deforestada, y aparecen los árboles. Primero los más jóvenes pero en la medida que avanzamos los árboles se envejecen, se agruesan. Con cada paso la selva aparece. Brillante con la lluvia de la madrugada. Transparente. Llena de luz tenue de mañana. Silenciosa. Solas.
Luego de dos horas llegamos a un gran claro en la gran selva. Un gran redondo de árboles caídos. Quemados en verano. Se ve el maíz. Primera cosecha ... creció rápido. Al pie están las jóvenes y tiernas plantas de yuca amarga creciendo para la próxima temporada. Llegamos al i'sode patha. Los niños ya más despiertos corretean. Se van. Se adentran en la selva nuevamente. Sonia saca el chinchorro de su paj paj y acuesta al bebe que ha venido todo el camino chupando teta. Estamos solas. Levanta unas hojas de cambur y debajo esta una gran y pesada masa amarillenta. Es la yuca rallada y exprimida en el sebucán convertida en masa, húmeda algo fermentada. Esta lista. Tomamos yucuta en un envase y con una tasa de plástico. 
Sacude las esterillas de palma. Levanta las wapas y me pasa una. Comienzo a cernir la masa para hacer el mañoco. Ella prende la leña. Estamos solas. Mirando el fuego.
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